El arte de mantener lo que te propones
“La motivación es lo que te impulsa a empezar.
El hábito es lo que te permite continuar.”
Jim Ryun
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El síndrome de septiembre
Vuelves de vacaciones con una energía especial. La bandeja de entrada todavía no ha explotado, tu agenda parece manejable y tu libreta nueva —o la app de notas recién organizada— está llena de ideas.
Te dices: “Este año sí. Voy a apuntarme al gimnasio, a delegar más, a aprender ese idioma pendiente, a reorganizar el equipo…”.
Durante unos días todo fluye: madrugas, cumples con tus tareas, incluso reservas tiempo para esa lectura que llevabas meses posponiendo.
Y, de pronto, algo se desvanece. A las dos o tres semanas, la motivación inicial pierde fuerza. La rutina, las urgencias y las pequeñas distracciones vuelven a ocupar el centro del escenario. Ese plan tan claro empieza a diluirse hasta quedar reducido a una vaga intención.
Este patrón no es una rareza individual: es un mecanismo psicológico y neurológico bien estudiado. Y lo más importante: no tiene nada que ver con falta de voluntad o disciplina “innata”.
¿Qué ocurre realmente cuando perdemos el impulso?
1. La trampa del pico motivacional
Lo que sientes al volver de vacaciones es lo que James Clear, autor de Atomic Habits, describe como “motivación de arranque”: una ráfaga inicial de energía que nos impulsa a actuar, pero que, por su propia naturaleza, es temporal. Este pico se produce porque has cambiado de entorno y de ritmo, lo que activa en tu cerebro una percepción de “nueva etapa”.
En mi caso, recuerdo un septiembre en el que volví decidida a escribir un artículo cada semana para mi blog. La primera semana lo cumplí con entusiasmo… la segunda, con esfuerzo… y la tercera, el calendario de clientes empezó a crecer y el tiempo para escribir desapareció.
2. El sesgo de la planificación
Según investigaciones de Daniel Kahneman y Amos Tversky, tendemos a sobreestimar lo que podemos hacer en el corto plazo y a subestimar lo que podemos lograr en el largo. Esto se llama “sesgo de la planificación” (planning fallacy).
Por eso, cuando establecemos objetivos en septiembre, solemos imaginar semanas perfectas sin imprevistos. Pero la vida real incluye interrupciones, urgencias y energía fluctuante. Y, cuando la realidad no coincide con nuestra previsión, sentimos frustración y reducimos el esfuerzo.
3. El papel de la dopamina y la novedad
La motivación inicial está muy ligada a la dopamina, neurotransmisor que responde a la novedad. El problema es que la novedad se agota. Una vez que la actividad deja de ser “nueva” para el cerebro, el circuito de recompensa necesita otros estímulos para mantenerse activo.
Me pasó cuando decidí, tras unas vacaciones, reorganizar todo mi sistema de gestión de tareas con una herramienta digital. La primera semana era casi un juego; la tercera, se sentía como una obligación más.
4. La culpa como freno añadido
Aquí es donde la mayoría cae en una trampa emocional: interpretar la caída de motivación como un fallo personal. Esto no solo es injusto, sino contraproducente. Carol Dweck, en sus estudios sobre mindset, muestra que quienes interpretan los tropiezos como parte natural del aprendizaje son más persistentes que quienes lo ven como una prueba de incapacidad.
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Coaching personal y profesional
Cómo mantener vivos tus propósitos más allá del impulso inicial
1. Reconectarse con el «para qué»
Todo objetivo sólido comienza con un sentido claro. Simon Sinek, en su célebre Start with Why, explica que cuando conocemos el motivo profundo que nos impulsa, el cómo y el qué se vuelven más fáciles de sostener.
En coaching, solemos hablar más bien del «para qué» –o incluso del «con qué propósito»–, para evitar la confusión con el «por qué» orientado al pasado. Esta formulación pone el acento en la finalidad y en el impacto buscado: aquello que quiero nutrir, construir o transformar.
En mi experiencia, cada vez que mis propósitos de septiembre se han mantenido en el tiempo ha sido porque estaban alineados con mis valores esenciales. Por ejemplo, el año en que logré sostener mi rutina de escritura semanal, no fue simplemente por disciplina: fue con el propósito de ofrecer a mis clientes herramientas concretas de autoconocimiento, que les permitieran comprender mejor su propio funcionamiento y avanzar en su camino personal.
Es precisamente esta alineación con un «para qué» o un «con qué propósito» más grande que uno mismo lo que da fuerza y coherencia a los compromisos: ya no se trata solo de perseguir un objetivo para uno mismo, sino también por el valor que aporta a los demás.
Ejercicio práctico:
Anota tu objetivo y pregúntate cinco veces seguidas “¿para qué?”. La quinta respuesta suele acercarte a la motivación profunda que lo sostiene.
2. Definir objetivos concretos y medibles
Aquí entra en juego la metodología SMART (Específico, Medible, Alcanzable, Relevante y con Tiempo definido). Charles Duhigg, en El poder de los hábitos, explica que los hábitos se consolidan mejor cuando hay un desencadenante claro y un resultado medible.
En lugar de “voy a leer más”, especifica “voy a leer 20 minutos, tres días a la semana, después de la cena”.
3. Planificar con atención selectiva
La atención es un recurso limitado, y lo que elegimos enfocar crece en nuestra experiencia. Este principio, estudiado en psicología cognitiva, se conoce como atención selectiva. Si cada día te enfocas en los avances —por pequeños que sean—, tu motivación se retroalimenta.
En cambio, si solo miras lo que falta o lo que no hiciste, la percepción de fracaso gana terreno.
Yo mismo, cuando llevaba un registro visual de mis avances (por ejemplo, un calendario donde tachaba los días que cumplía mi rutina de estiramientos), me sorprendí manteniendo el hábito sin que pareciera un esfuerzo.
Ejercicio práctico:
Cada semana, dedica cinco minutos a anotar tres cosas concretas que hayas hecho en dirección a tu objetivo.
4. Anticipar obstáculos y diseñar “planes B”
Uno de los motivos por los que los propósitos se abandonan es que no se prevén los contratiempos. James Clear habla de la “regla de no fallar dos veces”: si un día rompes la cadena, evita que se repita al siguiente.
Para lograrlo, diseña planes alternativos. Si no puedes ir al gimnasio por un imprevisto, ten lista una rutina corta en casa.
5. Crear un sistema de apoyo
La responsabilidad compartida aumenta la probabilidad de mantener un objetivo. Compartir tu meta con un colega, amigo o mentor crea un compromiso adicional. En el coaching, esta función de “acompañamiento” es una de las claves para transformar la intención en acción sostenida.
Conclusión – El impulso necesita estructura
La vuelta de vacaciones es un momento privilegiado para repensar objetivos, pero el entusiasmo inicial no es suficiente. Comprender los mecanismos que provocan el descenso de motivación y aplicar estrategias conscientes —alineadas con nuestros valores, sostenidas por objetivos claros y reforzadas con atención selectiva— convierte la chispa en fuego duradero.
Y, aunque cada uno puede recorrer este camino por sí mismo, a veces contar con un espacio seguro para clarificar metas, diseñar un plan realista y mantener el rumbo marca la diferencia. El coaching, en este sentido, no es la solución mágica, pero sí puede ser el catalizador que transforme el “este año sí” en un “lo conseguí”.

